Asociación de Facultades de Ciencias Médicas de la República Argentina

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Vol. 6 Nº 1. Julio 2013

 

RITA WASERMAN DE CUNIO (1943- 2008)
RITA WASERMAN DE CUNIO (1943- 2008)

HOMENAJE

La fuerza de los hechos

La doctora Rita Waserman fue una mujer extraordinaria, dueña de una fuerza arrolladora. Porque no sólo trabajó con pasión hasta sus últimos días, sino que además dejó una impronta humana y profesional entre sus discípulos como raras veces ocurre con seres que abordan la vida con el rigor con que lo hacen los más aptos. Rita Waserman era puntual. Apenas se sentaba en el escritorio del des- pacho de su secretaría (trabajaba desde temprano diez horas diarias en el área académica de la Universidad Nacional de Tucumán) destinaba en pocos minutos las tareas a sus colaboradores, las que supervisaba en forma personal hasta lograr que se cumplieran. Esa misma tenacidad la hizo extensiva a sus cuarenta años de docencia ininterrumpida, y a otros cargos que ocupó (por ejemplo, fue Decana de la Facultad de Medicina de la U.N.T durante dos períodos consecutivos y secretaria de Desarrollo e Innovación Tecnológica de la provincia). “Ella trabajaba el doble que nosotros”, dice Roque Carrero Valenzuela, quien colaboró con Waserman durante años, “era mucho más capaz que quienes la seguíamos, lo que le daba una autoridad moral indiscutible”. Hay una anécdota que la pinta de cuerpo entero: “Sabíamos que tenía reuniones de trabajo los domingos a la noche”, agrega Carrero, “y que a las tres de la mañana se la podía sorprender tejiendo escarpines para sus nietos”.

las tres de la mañana se la podía sorprender tejiendo escarpines para sus nietos”. Sin embargo, Rita tenía un carácter afable; la virtud de saber escuchar. Preci- samente así, escuchando mucho y bien construyó una obra educativa poco menos que paradigmática. Es que a través de los años todas estas características la convirtieron en una líder: alguien con quien uno puede verse duplicado pero con mayor certeza y claridad, alguien capaz de, por su carisma, inspirar a hacer cosas que normalmente no conseguimos hacer por nosotros mismos.

Rita Waserman nació en Tostado, Provincia de Santa Fe, el 29 de mayo de 1943. Antes de entrar a la universidad (luego de cinco años se graduó de bioquímica en la Facultad de Bioquímica, Química y Farmacia de la Universidad Nacional de Tucumán con una tesis sobre Chagas Mazza congénito: estudio de un modelo experimental) se había recibido de profesora de piano: amaba la música clásica y la pintura; percepciones naturales que le permitieron en el futuro desarrollar potenciales inusuales en el área educativa.

No solemos prestarle la debida atención al importante papel que los sentidos sublimados juegan en nuestras vidas. Rita tenía tanto el sentido del oído (lo que le concedía escuchar a sus semejantes y a escucharse a sí misma) como el de la vista (mirar con sagacidad interna y externa lo que aun no existe) tan desplegados que ambas cualidades le valieron haber provocado una verdadera revolución en la currícula médica y en la forma de enseñar medicina. Waserman enseñó a sus docentes a conocerse a sí mismos (a escucharse), a hurgar entre su enciclopedia personal como una forma de entender aptitudes y limitaciones; algo un tanto complejo de aceptar ante la inmunidad que produce el delantal en muchos hombres y mujeres vinculados con la salud. Otro tanto hizo con sus alumnos: Rita pensaba que la mejor forma de ejercer medicina en una comunidad era la de conocerla, con todas sus virtudes y miserias; de modo que implantó pasantías rurales y periurba- nas. Pero todo ello fue apenas el puntapié inicial para lo que luego sería nada más que una moda entre las exigencias de las políticas educativas en la Argentina: la integración curricular. Rita Waserman había trabajado con este concepto pedagógico desde mucho antes de que pasase a ser moneda corriente entre las universidades estatales y privadas en el país, pues creó una red comunicacional entre las distintas disciplinas que conforman el plan de estudio de la Facultad de Medicina de la U.N.T. Pero su cambio de cánones fue aún mayor. Waserman entendió que una comunidad médica, por más o menos numerosa que fuera, debía prevenir antes que curar. “Para ello”, dice Adrián Cunio, uno de los dos hijos que tuvo con Carlos Cunio, “se llevó a cinco años el plan de estudios más dos años de practicando en hospitales y servicios de salud, aunque”, aclara, “siempre se requirió formar a un médico con criterios científicos y visión humanística”.

Pero hay algo que Rita Waserman tuvo (y sostuvo) por añadidura y que durante su vida la marcaronfuego: lealtad. Borges decía que la nobleza se parece a una especie de sabiduría que adquieren unos pocos elegidos. Tal vez todo esto le permitió, poco antes de morir, (y acaso como un detalle más en su currículum) formar parte del directorio del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de todos los distritos provinciales del país; como también integrar en distintas oportunidades un comité de evaluación de la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (Coneau). “Yo tengo una idea fuerza en la vida. Una puede ser útil en todos los lugares”, le dijo un día Waserman a la prensa tucumana, quizás como una forma de vivir en el presente absoluto y ante la actitud de dejar un legado imborrable. a RAEM agradece a los doctores Silvia Holgado, Adrián Cunio y Roque Carrero Valenzuela los aportes bio- gráficos que hicieron posible la semblanza de la Dra. Rita Waserman.