Asociación de Facultades de Ciencias Médicas de la República Argentina

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Vol. 7 Nº 1. Agosto 2016

 

DR. ALBERTO AGREST (1923-2012)DR. ALBERTO AGREST (1923-2012)

Mirar, escuchar, tocar

Quizás al doctor Alberto Agrest le cabía como un guante eso de que las certezas siempre nacen muertas. Nada lo convencía más que la mano clínica del médico sobre un cuerpo enfermo: La manipulación estadística permite no mentir en las conclusiones estadísticas –decía–, pero también posibilita no decir la verdad de su irrelevancia y también ocultar que carecen de sentido cuando se aplican a un individuo único. Y señalaba: “Es probable que hoy las verdades cuantitativas estén ocultando falsedades cualitativas. En medicina, la certeza es un certificado de ignorancia o insensatez”. Decía –además, contra todo dogma maniqueísta– que el médico debe aprender a tolerar la incertidumbre. ¿Fue Alberto Agrest –nacido un 7 de marzo de 1923, doctor en medicina con tesis sobresaliente (UBA, 1952), jefe de clínica y de hipertensión del Instituto de Investigaciones Epidemiológicas (UBA, 1957-79), y premio Konex (2003) – un desborde de sensatez? Se diría que consigue analizar con mesura el tópico en su última obra escrita, “En busca de la sensatez en medicina” (2011). Sin embargo, un indicio tácito permite suponer que Agrest también fue poseedor de sus propias vacilaciones: “Tengo 88 años y a esta edad se nos perdona todo”; se refería, por supuesto, a cada una de sus meditaciones que a lo largo de su carrera sintetizó en una obra musculosa: “Ser médico ayer, hoy y mañana” (2008).

Alberto Agrest fue durante muchos años director del Programa de Seguridad del Paciente de la Academia Nacional de Medicina. Había completado su formación en la Universidad de Michigan y en el Hospital Claude Bernard de París. En Buenos Aires se desempeñó en el Hospital de Clínicas y en el Instituto Modelo de Clínica Médica del Hospital Rawson. Participó en la fundación del Instituto de Investigaciones Médicas (IDIM), unidad de clínica médica y cirugía, que reunía todas las especialidades en lo que había sido una cátedra de semiología en el Hospital Tornú. Allí pasó casi 30 años como jefe de clínica, jefe de la sección cateterismo (hemodinamia e hipertensión) y al mismo tiempo complementó esa labor con la jefatura clínica en el Instituto Ferrer. En ese contexto actuó como neumonólogo erudito junto con Aquiles J. Roncoroni. A pesar de su prestigio, Agrest no había elegido especializarse en ninguna de las áreas médicas en las que se destacó durante más de cincuenta años de profesión: más que los órganos le interesaban las personas. Afirmaba que en la consulta “el paciente cuenta el cuento de su vida, y hay que saber escuchar y entender ese cuento para poder curar”. Del mismo modo utilizó su vigor persuasivo –acaso como un don natural – sobre sus alumnos y colegas: “Siento su ausencia como una aguda pérdida personal”, comentaba una colega en un matutino, a propósito de su muerte sucedida en 2012. “Tuvo la generosidad de leer mis libros en profundidad y devolverme su crítica paternal pero dura y clara como un diamante”.

El doctor Agrest pensaba que la educación médica no es nada sin los avatares de la ética. “Un derecho fundamental es el derecho a la verdad”, aseguraba en un sesudo discurso dado en la apertura del Boletín del Consejo Académico de Ética en Medicina (CAEEM). Además justificaba que las lecturas científicas deben ser acompañadas de lecturas de todo tipo: arte, cine, pintura u otra disciplina artística. Solo así lo multicultural generará en un médico la suficiente sensibilidad para abordar el factor humano. “Es insensato pensar que la medicina pueda mantener los principios de equidad con una educación adecuada restringida apenas a clases sociales económicamente acomodadas. Lo mismo especular con que la tecnología será capaz de proteger a la sociedad a pesar de las fallas educativas que impiden alcanzar mejores niveles socioeconómicos, mayor comprensión y más fácil acceso a las ventajas de una vida saludable”.

Fue también pionero en abordar temáticas como el despilfarro de insumos y del agotamiento de las reservas económicas en gastos en salud. Con todo, –y acaso hoy sirva como aditamento para el debate– Agrest sostenía que el número de médicos excede las necesidades de la población, viendo así reducirse en forma drástica el valor de su profesión, sus ingresos, además de los magros montos jubilatorios.

Antes de su muerte, en las memorias de las computadoras de los diarios los obituarios de Alberto Agrest no dormían su sueño eléctrico. Dos o tres “pastillas”, un par de mensajes en las Redes sociales, dieron la noticia: “Falleció un líder de la seguridad del paciente en medicina”. Quizás –y sólo quizás- un escueto homenaje sirva para encontrar y atesorar en el biografiado, una medicina basada en la evidencia humana.